martes, 8 de julio de 2014

Aprovecha



Juan sabe que los nombres dicen muchas cosas, aunque el suyo más bien no.

Lento, muy lento, caía el día en mitad de una espesa oscuridad que olía a arándanos. Pensaba que nadie sabía cómo es que huelen los arándanos.

Tremolando, dudando, sudando, así pasaba el día Juan, por la noche todo era tan fácil como un abrazo.

El hombre merecía mejor suerte que la de no conocer la luz y sí el áspid que le reveló la esencia del veneno.

Él paladeaba la soledad de la piedra, ni peor ni mejor que otras soledades, aunque de la soledad de la piedra pocos se apiadan, aunque el nivel de esta superaba en cuatro puntos los límites cifrados que imponen las leyes no escritas.

Juan debería empezar a hacer algo con esos sentimientos que tiene agarrotados en lo más profundo de su alma, pero se cree que es más que nada una piedra, y así es difícil.

Quizás las piedras tienen sentimientos.

O ser.

O esencia.

Pero de la existencia de las piedras nadie está seguro.

Juan teclea con mayor presteza que otros días, casi a tres letras por minuto, todo un record para él. No me gusta el sarcasmo. Todo un record para él. Las letras se quedan la mitad entre el teclado y la pantalla. Su escritura es sincrónica con el hambre, la oscuridad, el partido de las diez, con la escritura de ochocientos mil que como él no desdeñan el mero escribir por escribir. Hoy a sus dedos no les pesa ser de piedra. El sentimiento está a punto de caer, aunque se desconoce su naturaleza, la clase de sentimiento ni que quiero decir cuando digo sentimiento y no pensamiento. Es posible que lo que esté a punto de caer no sea un sentimiento sino una idea. Da igual.

Las ideas son también como piedras a veces, de lo difícil que es levantarlas sólo con las manos. 

Diez años atrás, ella, con sus ojos, le dijo que no.

Al modo en que suelen decir no los que no quieren ofender. Sin decirlo.

Otros silencios esperan detrás de la puerta, pero no está preparado para afrontarlos. Por eso, Juan piensa: quédate en la oscuridad de tu cuarto, no salgas, cierra los postigos, almacena comida y agua para una buena temporada, porque no saldrás hasta que aquel recuerdo malhadado no te provoque, cual arcada misteriosa, un sentimiento que puedas teclear en la pantalla.

También pensó que preferiría morir antes de volver a quedarse sin las lentejas de los viernes. Pero esto no viene al caso. Ella dijo no y eso es motivo suficiente para que se te caiga un sentimiento y para que teclees más rápido de lo que acostumbras, a Juan y a cualquiera.

A las veinticuatro horas, cayó.

Sonó como cuando cae un cuerpo muerto. Come caddi corpo morto cade. Es decir, retumbó. Juan se preparó para un largo ayuno de letras. Las piedras pierden la paciencia con cierta parsimonia. Al rato miró Juan por la ventana. Y vio que llovía y que se formaban charcos. Pese a eso, continuó indiferente. Le dio igual que el cielo tornasolara en una miríada de extraños celajes añiles. Le dio igual que una ardilla se suicidara al poco tiempo delante de su edificio tirándose desde la copa de un magnolio. Le importó una mierda que en medio de la plaza de enfrente un niño perdiera una cacerola de juguete. Él ya tenía su sentimiento, para qué más.

Lo recogió del suelo y lo puso en la estantería, entre la foto de ella y un libro de Faulkner. Lo dejó allí para que se secara. Dentro de un año, pensó, sabría que hacer con él. La pantalla se apagó y la plaza se quedó sin gente. La lluvia siguió a lo suyo hasta que se volvió incontenible. El cadáver de la ardilla fue arrastrado por un torrente de lodo. Surgió el cuento.

sábado, 5 de julio de 2014

Confusión a última hora



Cuando a Sócrates,
en ese momento histórico tan poco recomendable,
cuando le iban a dar de beber su propia muerte,
cuando la polis se disponía taciturna a realizar esa especie de subjetiva defensa de sus dioses que llamaban justicia, por no tener a mano mejor nombre.
Cuando a Sócrates, decía,
le llevaron a su celda los tres hijos para despedirse,
los miró así un poco como dudando que decirles en ese trascendental momento.

Se requería alguna clase de despedida, muy formal.
Y emocionada. Nada de medias tintas.
Los sermones de los padres cobran cierta importancia cuando se pronuncian en los últimos momentos luctuosos y oscuros que preceden a la muerte.
No es lo mismo decir un sermón de padre en ese preciso momento que cuando estás en una fiesta, o vuelves de una fiesta, o te crees que tendrás padre para rato.

Sócrates dudó, pues.
En él la duda, más que en nadie, suponía un regocijo enorme.
Le encantaba dudar.         
Se hizo famoso por ello.
Dudar sin límites era su trabajo, pero también su forma de ser en el mundo. Por eso hacía tantas preguntas, porque dudaba de todo, hasta si pasaba un paisano que no conocía le preguntaba cosas, cosas absurdas como si sabía su propio nombre, si sabía a dónde iba, si había que aliñar siempre necesariamente las aceitunas y cómo.

Así que lo previsible era que, cuando dejara de dudar, lo que dijera a sus hijos en ese trascendental momento estuviera contenido dentro de esa forma gramatical tan poco de moda actualmente que es la pregunta. Ahora no, ahora lo sabemos todo, pero entonces no y Sócrates hizo la pregunta.
Los hijos estaban preparados para cualquier cosa.
Eran conscientes que ser hijos de tan barbudo filósofo era un hecho que conllevaba cierta fama, pero también ciertas prevenciones, cierta paciencia, cierto qué se le va a hacer, mi padre es Sócrates.
Cuando su padre comenzó a elaborar la pregunta, ellos creían tener respuestas suficientes, dada su maña para responder cimentada en una costumbre que ya muchos años antes habían aceptado como necesaria si querían conservar la herencia.

Por fin, Sócrates les preguntó:
“¿por qué la gallina cruzó la carretera?”
La confusión en la celda se hizo evidente.
Los hijos se miraron unos a otros con claras muestras de estar consternados.
Alguien emitió un grito de lamento.
Porque la pregunta debía ser contestada. No podían quedarse calladitos.
No le iban hacer ese feo a su padre en esos terribles momentos.

Pasaron unos segundos de atroz sufrimiento, mientras se llevaban la mano a la frente y pensaban.
Spanoulis, su hijo menor, el tonto de la familia, viendo que sus hermanos sudaban y que no saldrían así como así del atolladero, se lanzó por fin, cosa que nunca había hecho antes, a contestar a su padre barbudo y más bien feo:
“para ir al otro lado”

Hubo un respiro generalizado en todos los presentes.
El sonso de Platón que pasaba por allí comenzó a redactar el Fedón.
Evidentemente aquella era una respuesta adecuada a la pregunta.
Sócrates sonrió y dijo, ya va siendo hora de tomarme la cicuta.
Hubo un aplauso y las autoridades, para conmemorar el momento, grabaron en mármol blanco la pregunta y la respuesta y la mandaron por correo a Delfos, por si allí algún hermeneuta desocupado lograba descifrar el profundo y hermético significado del mensaje.
Otros dijeron que no, que lo que pasaba es que Sócrates estaba cansado.

Sólo en el hades habita, cómodamente, la última respuesta.