sábado, 4 de octubre de 2014

Fenomenología de una pérdida



Las cosas, francamente, se escapan de mis manos,
y de mis ojos,
sin que yo por más que quiera, pueda contenerlas.
Esto no tiene nada que ver ni con el olvido ni con la posesión.
Se diferenciar entre el puño cerrado y la caricia.
Las caricias hacen su trabajo y dejan libre lo que tocan.
Las manos y los ojos, creo, se pueden dedicar a esto.
No se si me entendéis. Esto es importante tenerlo claro.

Las cosas, digo, me son extrañas.
Por su forma.
Por su función.
Por su nombre.
Por cómo se me escapan de las manos.

Más que escaparse, lo que hacen es resbalarse,
como una pieza de jabón húmedo.
Los nombres, las palabras, parecen que están para evitar esto.
Pero para mi no es así.
Creerme.

Pondré un ejemplo.
El árbol que está detrás de la ventana.
Se me escapa.
Es un árbol longevo, tiene más años que yo, me sobrevivirá o no, pero podría sobrevivirme, si el hacha no hace su trabajo.
Es más alto, inabarcable por mis brazos siquiera para abrazarle como se suele hacer con los árboles.
Tiene un nombre demasiado hermoso: sauce.
Sus hojas propinan sombras húmedas en verano sin pedir nada a cambio.
Ella se apoya en su tronco y queda medio dormida, con la espalda perfectamente ajustada a su forma, en cualquier estación, mientras un libro, generalmente de poemas, se resbala muy lento de sus manos.
Eso es lo que suelo ver a través de la ventana.
Nada que ver con lo mío.
El árbol trabaja en silencio y sin queja.
Escucha.
Recibe la lluvia siempre como un regalo.
Cobija insectos y pájaros.
Tal vez respira.
Según los últimos estudios, no teme ni siquiera al rayo.

Sí.
Todas las cosas y ella escapan de mis manos.

Como tiene que ser, supongo.