sábado, 15 de junio de 2013

La Orden del Finnegans en el Retiro


Ayer asistí, así como ocurren estas cosas un poco por casualidad, porque pasaba por allí, a una reunión de la Orden del Finnegans y estaban, al cobijo de la Feria del Libro, de las sombras del Retiro y bajo el paternal cuidado de Vila Matas, Eduardo Lago, Antonio Soler, Malcolm Otero Barral, José Antonio Garriga, Marcos Giralt, Emiliano Monge y la moderación de Ignacio Martínez de Pizón, perdón, de Pisón (no se si estaban todos los miembros de la Orden, se que Jordi Soler no estaba), reunidos con la supuesta intención de presentar un libro de relatos, justo en el fin de semana del Bloomsday, cuando lo que deberían estar haciendo es viajar a Dublín, que es lo que se supone dio lugar a la formación de esta Orden de la que se nos informo, ya desde el inicio, que estaba en permanente vía de disolución, como forma de intentar su permanencia.

Tras esta aparente pero muy inteligente contradicción inicial, la charla transcurrió de forma azarosa, repleta de ironías y bromas, y uno agradeció que a pesar de que allí se juntaron buena parte de lo más rescatables nombres de la escritura de este país, no se atisbara ningún gesto de solemnidad, tan solo la entrañable narración de una amistad. No se si intencionadamente, uno percibió (en las formas laberínticas de la conversación, en los azares sorteados de botellas de agua que caen en la mesa y convierten el acto en una “presentación anfibia”) un homenaje velado a Joyce y a su desconcertante novela, la de ese Ulises tan perdido en un Dublín imposible. Vila Matas lo expresó a su manera lenta, dijo que por el mero hecho de juntarse ya les ocurrían cosas, accidentes, hechos memorables o absurdos en el que se suceden las anécdotas, las imprevisiones que a veces se vuelven hilarantes. Explicó que suponía que esto sucedía así por la capacidad fabuladora que todos los miembros de la Orden poseen, y que es como un imán para lo extraordinario.

Para mi esto es lo mejor de emprender los caminos de la escritura o de estar siempre rodeado de literatura. La vida cobra otro color, los acontecimientos se traducen a palabras, las palabras a historias, lo que para los demás es desdeñable, obvio o una contrariedad, para el que vive de las letras (escritas o leídas), es más bien un regalo, un gozo que permite vivir de otra manera las desdichas cotidianas.

Salí otra vez al Retiro, que se llenaba de gente huidora, en el primer viernes de calor del año. Abrí los ojos, en espera de accidentes. Por cierto el libro que presentaron se titula Lo desorden (sic), es de Alfaguara, trata del desprestigiado tema de la infancia y merece leerse.