sábado, 12 de enero de 2013

Permanencia



En medio de una húmeda soledad, la alberca, en el extrarradio, en el parque que es un remedo de bosque mediocre, al atardecer. El niño se asoma con miedo, intuyendo una profundidad improbable. Puede ser un charco o un abismo. Para él es lo mismo. Un viento levanta ondas tenues, el resto es oscuro. Se reflejan las ramas, la última luz, su rostro. Una hoja flota indolente. Tira una piedra, provoca una marejada. Todo vuelve al silencio. Pero en el centro se empiezan a dibujar reflejos inesperados. Ve otro rostro. De un anciano, con sombrero. De un pájaro que no surca el aire. De una mujer que juega a la orilla con un barco de papel. De un tigre que se acerca a beber. Ve la luz de una hoguera azul. Unas nubes de tormenta. La cara de alguien que busca un verso. Un soldado que llena su cantimplora. Las imágenes se suceden sin ilación ninguna. A su alrededor no hay nadie. El niño se aleja de la alberca, asombrado. Su reflejo nunca se secó.